Se adentraba cada vez más en aquella apoteosis de la carne a través de espesuras de calor, color y lingotazos de vodka. Bailaba, pero andaba. Andaba, pero no dejaba de bailar. Aprendía rápido el ritmo de la noche y el sudor comenzaba a dibujarse por lo más recóndito de la vieja camisa que había recuperado aquella misma tarde de la cesta donde iban a morir los andrajos.
Apenas si había iniciado su recorrido cuando se le cruzó la primera, el primer drag queen. Luego vendrían más, trece o catorce, tal vez quince. Al cabo de unas horas él mismo era drag queen encaramado a sus inmensas y llanas plataformas en forma de zapatilla. Todos parecían conocerlo, pero él no conocía a nadie. Supuso que algo tendría que ver el hecho de no haberse maquillado lo suficiente, de no haberse maquillado nada.
La música era cada vez más intensa, o al menos eso le parecía. Todo él era música, en realidad. Bombo persistente en su pecho y melodía de Malibú, armonía de cuerpos entrelazados. Era batería, no percusionista, sino instrumento todo él de madera y cuero curtido salvajemente aporreado.
Se dijo: “De mí emanan las emociones, porque soy emoción”. Y se quedó tan fresco. O casi.
El día comenzaba a despuntar más allá de la avenida cuando dejó de sonreír estúpidamente a todo el que pasaba. El sol comenzó a dispersar nubes y mascaritas por tierra, mar y aire; y él mismo se sintió empujado contra la pared. No tenía muy claro si orinaba o bebía, pero algo de líquido había de por medio. Tiene que ser vodka, dedujo, porque la orina es cálida… y el vodka, a estas horas, también.
Le pareció prudente emprender la retirada cuando el aire comenzó a impregnarse de aroma a churros y aceite recalentado. Decisión que vio respaldada por un interminable bloque de anuncios.
Se sentó en el sofá y buscó el mando a distancia. Estaba harto ya de tanta tele. Pulsó sobre el ‘off’ y se tendió en la cama. Si tuviera fuerzas, convino, ahora mismo bajaba a la cafetería de enfrente y me traía unos churritos. Pero para eso tendría que bajar a la calle y romper un encierro voluntario que duraba ya más de siete meses. ¿Por qué no servirán churros por la tele?



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O mejor aún, por qué no crearan una empresa de esas como telepizza, telechurros, que hagan entregas de curros calientes a domicilio.
Especialmente los domingos por las mañanas, sobre todo los resacosos, tendrían un éxito descomunal.
Un saludo,
Porque si sirvieran churros por la televisión, las emociones olerían a aceite recalentado.